El Parto de Elisa. Nacer en Holanda

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Hola Bea,

Me gustaría compartir en tu blog mi experiencia dando a luz a mis dos hijos. Mis hijos tienen ahora 3 años y 8 meses, así que escribo con la perspectiva que da el tiempo. Algunos detalles se me han olvidado, pero las sensaciones han quedado grabadas en mi memoria. El recuerdo de los dos partos es bastante positivo, a pesar de algunas cosas que no fueron tan bien.

Antes de seguir, conviene aclarar que vivo en Holanda y aquí el sistema sanitario es distinto a España. Tiene sus ventajas e inconvenientes, pero es bastante respetuoso con la elección de seguimiento del embarazo y el parto, siempre y cuando no se detecten complicaciones durante el embarazo, en cuyo caso te derivan al ginecólogo.

Tuve la suerte de no tener ninguna complicación durante el embarazo y así poder elegir la clínica de obstetricia que seguiría el embarazo y que también me atendería en el parto. Éstas suelen ser pequeñas empresas con un equipo reducido de obstetras (5 mujeres en mi caso). Durante los chequeos del embarazo tienes la oportunidad de conocer a todas las obstetras, así que el día del parto sabes que quien está de guardia es una persona conocida.

Mis hijos tienen ahora 3 años y 8 meses, así que escribo con la perspectiva que da el tiempo.

Además de la clínica de obstetricia hay que elegir la empresa que te ayudará durante y después del parto (“kraamzorg” que se traduce como “cuidados de maternidad”). Esta empresa manda a una matrona de guardia para ayudar a la obstetra durante el parto y después a otra persona para ayudar a los cuidados de la madre y el bebé ya en casa durante la primera semana de vida del bebé.

Mis dos planes de parto fueron prácticamente iguales. Los puntos más importantes para mí fueron:

  • parto natural, sin ningún tipo de droga para suprimir el dolor
  • sin episiotomía – sólo aplicable si el bebé corría peligro
  • preguntarme antes de comprobar el nivel de dilatación
  • dejarme libertad de movimiento (andar, ducharme, agacharme, tumbarme, bailar si me apetecía…)
  • Contacto piel con piel nada más nacer el bebé
  • No hacer ningún test al bebé hasta una hora después de nacer y en todo caso después de que hubiera tomado el pecho.

Mi primer hijo nació en un centro para madres y niños dentro del hospital, y el segundo nació en casa. Con el primero dudaba si dar a luz en casa o en el hospital. Al final me decidí por el hospital porque me sentía más segura estando cerca del hospital por si pasaba algo. Pero tengo un recuerdo horrible del viaje en coche hasta llegar al hospital, con contracciones muy fuertes y sin poder ponerme en una postura que las aliviara un poco. Además, si todo ha ido bien en el parto, tienes que volver a casa a las dos horas después de dar a luz. Métete en el coche entonces con todo dolorido y piernas temblorosas para volver a casa y arrastrarte a la cama. Así que con el segundo las dudas se disiparon, y contra la opinión de toda mi familia decidí dar a luz en casa.

Primer parto

Mi primer hijo nació cinco días antes de la fecha teórica. Desde el momento que rompí aguas hasta que nació mi primer hijo pasaron 6 horas. Así que fue un parto relativamente rápido e intenso. Hacia la una y media de la madrugada me desperté con ganas de ir al baño, nada raro en la última fase del embarazo. Me di cuenta de que había roto aguas cuando al levantarme del wáter e ir de nuevo a la cama seguía soltando líquido. Tenía la sensación de que me estaba haciendo pis encima y no lo podía controlar. Mi marido se despertó al oírme salir del baño, limpió el suelo y me trajo ropa limpia. Me gustaría decir que lo tenía todo bajo control, pero recuerdo que me puse nerviosa de pensar que ya venía el bebé, no sabía si podría aguantar el dolor del parto, si me dolería el pecho al darle de mamar por primera vez. Me agobié. Yo nunca había tenido mano con los niños. ¿Y si no conectaba con mi bebé? ¿Y si no sabía cuidarle bien? ¿Y si lloraba y yo no podía consolarle? El ataque de pánico duró unos minutos. De pronto sentí la primera contracción, bastante suave. “Esto no es para tanto”, pensé…

Las contracciones empezaron a suceder de manera bastante regular una hora después de romper aguas. Nos habían dicho que llamáramos a la obstetra de guardia cuando sucedieran más o menos cada cuatro minutos. Era el momento de llamarla. A los diez minutos llegó a casa. Comprobó que el líquido amniótico era casi transparente y que por tanto no había riesgo de infección. Escuchamos los latidos del corazón del bebé, tomó mi pulso… todo estaba bien. Me preguntó si podía comprobar el nivel de dilatación y le dije que sí. Se quedó un rato con nosotros, una hora quizá.

Como todo estaba bien y no parecía que la situación cambiara mucho, nos dijo que volvería en dos o tres horas para hacer otro chequeo, pero que la llamáramos antes si teníamos la impresión de que el bebé venía ya. ** En Holanda, si no se han identificado riesgos durante el embarazo, vas al hospital sólo para dar a luz ** Al  poco de irse empezaron contracciones más fuertes. Me metí en la ducha para calmar un poco el dolor – el agua caliente en la espalada era un verdadero alivio.

Otra de las cosas que más me ayudó para calmar el dolor fue sujetar la mano de mi marido. De alguna manera, agarrarle fuerte la mano me ayudaba a concentrarme para dejar pasar las contracciones.

Más o menos hacia las 5.30 de la madrugada, empecé a tener la sensación de que tenía que empujar en cada contracción. Y las contracciones eran cada vez más fuertes. Llamamos a la obstetra para decirle que no viniera a casa, que íbamos ya al hospital y que nos veíamos allí. Y esta fue para mí la peor parte de todo el parto: abrigarme para salir (fue uno de los días más fríos de año en Holanda), meterme en el coche, no saber cómo ponerme en el coche, no poder sujetar la “mano calmante”. Además notaba cómo el bebé presionaba para salir en cada contracción. Yo pensaba que iba a dar a luz en el coche.

Por suerte no fue así y llegamos al hospital a tiempo. A las 6 y pico estaba en la habitación. La matrona me estaba esperando allí y al poco rato llegó la obstetra. Ella comprobó que había dilatado completamente, así que había vía libre para empujar.

Esta parte fue la más dolorosa, pero al no usar anestesia podía sentir como bajaba el bebé. Aparte del dolor de las contracciones sentía que quemaba. Cuanto más cerca estaba de salir, más quemaba. Pero cuando notas eso, sabes que ya queda muy poco para ver a tu bebé. Es el sprint final de la carrera, ves la meta a lo lejos y se te olvida lo cansada que estás. Estás dispuesta a darlo todo y es asombroso sentir lo que el cuerpo de una mujer es capaz de aguantar.

En las cuatro o cinco últimas contracciones (no sé exactamente cuánto tiempo duraron, diez o quince minutos quizá) recuerdo gritar y decir que ya no podía más.  Cualquier consejo que me hubieran dado sobre control del dolor, respiración… no servía de nada. Yo sólo quería acabar. Las dos mujeres que me atendieron y mi marido me ayudaron mucho. No paraban de repetirme lo bien que lo estaba haciendo, que ya no quedaba nada porque se le veía la cabeza asomar… y mi marido no me soltaba la mano (o yo no se la soltaba a él). Y por fin noté que salió la cabeza. Un empujón más y ya lo tenía sobre mí.

En el momento en que sentí a mi hijo sobre mí y lo pude abrazar se me olvidó el dolor, el cansancio. Sólo existía él. No lloró al nacer. Estaba tumbado sobre mi vientre y yo lo sujetaba entre mis brazos. Tenía los ojos cerrados y al cabo de unos segundos los abrió y se quedó mirándome. Me hipnotizó.

Mi marido y yo debimos estar así, medio embobados, mirando al bebé, un par de minutos. La pregunta de la obstetra nos sacó del hechizo: ¿cómo se llama? Ehh, pues un momento, que todavía no sabemos si es niño o niña. ¡Es un niño! Se llama Joaquín.

 

 

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